El espíritu de la Ley Universitaria es que todo profesor universitario cumpla con formación especializada mínima y demuestre competencias complejas en investigación



El espíritu de la Ley Universitaria es que todo profesor universitario cumpla con formación especializada mínima y demuestre competencias complejas en investigación
LA LEY UNIVERSITARIA N° 30220, SEGÚN SU ARTÍCULO 82, OBLIGA A TODO DOCENTE QUE ENSEÑA EN LA UNIVERSIDAD A CONTAR CON UN GRADO ACADÉMICO DE POSGRADO, CUANDO MENOS DE MAGÍSTER: A la fecha, un 30% aproximadamente no cuenta aún con este requisito y el plazo que vencía en noviembre del año pasado, gracias a una directiva del Tribunal Constitucional, se extendió un año completo hasta el 2021 por la situación de pandemia en la que aún estamos inmersos.

Si se hubiera aplicado ello en esa fecha, hubiera sido una catástrofe académica por la pérdida rápida de recursos humanos, fundamentalmente en la universidad pública, que es donde se concentra esta problemática. Y esto es porque muchos docentes ingresaron antes de la promulgación de la ley y se nombraron como tales, sin el grado ahora exigido.

Durante estos últimos años, esa brecha se ha reducido, ya que varios iniciaron, empujados por esa normativa, los respectivos estudios y se graduaron, seguro con mucho esfuerzo. Incluso, algunas universidades públicas destinaron fondos para que a los profesores que les hacía falta esa formación tuvieran el financiamiento y el tiempo protegido para lograr la meta. Pero, como es obvio, no hay condiciones homogéneas en un sistema universitario nacional que apenas sobrevive con las magras rentas que posee o por una inadecuada gestión institucional que vuelve ineficiente la distribución de los recursos.

El espíritu de la ley es que todo profesor universitario cumpla condiciones de formación especializada mínima y haya demostrado competencias complejas en investigación. Se entiende que una tesis es una demostración de haber profundizado competencias epistémicas y documentar un real avance en el conocimiento. Sin embargo, el grado de magíster se vació de significado en varios casos. Es decir, lo que importaba era llegar a graduarse como sea. Ya no la investigación como objetivo trascendental, sino como un mero ejercicio burocrático cuyo aporte está más cerca de la nulidad.

Este supuesto ha tenido consecuencias antagónicas que nos llevan a reflexionar sobre el anhelo de buscar calidad en la enseñanza superior. Una masa importante cumplió la formalidad. Sin embargo, cuando vemos las universidades en las cuales se graduaron, vemos lo más cercano a inmensas fábricas productoras de títulos. Es decir, algunas universidades de baja calidad académica vieron la oportunidad de un lucrativo negocio y produjeron en masa, bajo la lógica fordiana, un sinnúmero de graduados de dudosa formación. Entonces, aparentemente cumplen la ley, pero a la vez la subvierten, ya que sus resultados reales mantienen el círculo vicioso de una depreciación de la educación. Así, una vez más, se ha dado vuelta a la norma. Entonces, ¿cuál es el sentido de ser magíster? Para algunos, una oportunidad de mejora; para otros, un simulacro.

Rubén Quiroz Ávila
Presidente de la Sociedad Peruana de Filosofía, profesor universitario






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