Efectos colaterales de la demanda de más horas escolares de pantalla (León Trahtemberg)



Efectos colaterales de la demanda de más horas escolares de pantalla (León Trahtemberg)

Uno de los argumentos que usan algunos padres de familia para sostener la menor valía de la educación virtual respecto a la presencial es el menor número de horas de conexión directa de los alumnos a los profesores vía pantallas. Suponen que solamente si los alumnos están conectados tantas horas como las que tendrían de clases presenciales habría tal equivalencia.

Más allá de la errada idea de que una clase virtual debe equivaler a una presencial pero hecha a distancia, que a todas luces desconoce que el contexto espacial y humano escolar presencial no es equivalente al virtual en el hogar, y que cada una supone estímulos, configuraciones, metodologías y demandas de habilidades diferentes en campos como la concentración, distractibilidad, autonomía, resiliencia, liderazgo, trabajo en equipo, elección de recursos para resolver problemas, pensamiento crítico, etc., hay otras dimensiones de la salud mental y física que no se están considerando.

Diversos estudios sobre la sobreexposición de niños a las pantallas (TV, computadoras, tabletas o celulares) muestra que a menor edad el efecto nocivo es mayor, a tal punto de se sugiere que niños de 0 a 2 años no tengan ninguna exposición y de 3 a 5 años, no más de una hora acompañados de sus padres para asegurar que acceden a estímulos educativos. Con niños mayores no debería pasar de 2 a 3 horas diarias.

Por un lado, desde el punto de vista físico, la exposición continua a la pantalla daña la vista y genera daños al cuello, columna y caderas causadas por las posturas rígidas y contra-natura que se exigen de los niños al estar sentados frente a las pantallas. La falta de circulación de oxígeno y sangre, la rigidez muscular, la usual falta de mobiliario ergonómico, la exigencia de una estresante postura de inamovilidad para prestar atención, causan daños físicos. Agreguemos a eso la obesidad causada por el consumo de alimentos mientras trabajan en la pantalla, que suele ser excesivo porque no están regulados por los hábitos y dosis comunes comparadas con los que se consumen cuando hay una hora de refrigerio o almuerzo programado.

A eso se suma el efecto tóxico al desarrollo neurológico para niños en pleno desarrollo cerebral de una sobre exposición a estímulos visuales y auditivos que sobre excitan el cerebro así como la inyección continua de dopamina, que afecta su tolerancia a la espera y exacerba la búsqueda de nuevos estímulos audiovisuales para concentrarse, reduciendo el espectro de opciones de aprendizaje. Al reducir su actividad física libre y expansiva, limitan su capacidad de juego real, exploración, manipulación de objetos concretos y limitan la imaginación, ya que el uso de imágenes prefabricadas por el "software educativo" los hace retornar a esas mismas imágenes cada vez que tienen que ejercer libremente su imaginación. Es decir, imaginan lo que imaginó el autor del software o video. En suma, en lugar de abrir el cerebro lo cierran.

Sumen a eso el estrés de estar sentados conminados a prestar atención en formas inusuales, la falta de actividad física, el propio estrés de la situación escolar asocial sin tener presente "en vivo" al profesor y los compañeros con cuya interacción de manera natural aprenden mejor, y si fuera el caso, la presión que ejercen los padres en casa para que "preste atención y cumpla las consignas y exigencias del profesor", con lo que tienen ustedes el cuadro completo.

Por eso la educación a distancia virtual de los centros pre escolares y colegios tiene una serie de posibilidades de estimulación del aprendizaje de los niños que los profesores competentes son capaces de organizar y proveer a distancia (de lo que ya me he ocupado en columnas anteriores), que además debidamente aprovechadas por los padres puede servirles de inspiración y orientación para que luego ellos estimulen a sus hijos -en ausencia de los profesores-, pero a la vez tiene una serie de limitaciones que pueden afectar la salud física y mental de los niños que requieren un adecuado balance y dosificación.

Por eso es recomendable que la educación a distancia NO tenga a los alumnos conectados todo el día con los profesores, que esta conexión sea intermitente, y que la extensión de cada sesión con la interrupción que media entre ellas también sea dosificada. En el caso de niños menores, más de 20 a 30 minutos efectivos 2 veces al día mediadas por actividades lúdicas, exploratorias, libres es lo que tiene más sentido. Así mismo, la presencia del papá o la mamá acompañándolos tiene un efecto positivo no solo para darle a los niños la seguridad y comodidad para dicha conexión, sino para que los padres entiendan el sentido del quehacer escolar y puedan luego replicarlo mil veces en su vínculo cotidiano con sus hijos.

El hecho que los padres tengan que acompañar a sus hijos menores para que saquen provecho de su vida preescolar o escolar no debería ser sentido como una carga desgastante sino como una oportunidad para desarrollar una cultura de crianza que por sus propios medios muchas veces no logran y que después lamentan, porque no saben cómo poner límites a sus hijos, cómo motivarlos, cómo ayudarlos a resolver sus conflictos, qué tipo de juegos jugar con ellos, cómo escoger el software educativo que ponen a su disposición, etc.

En el caso de los alumnos mayores, su capacidad de mantener una conexión más extensa con los profesores pero igualmente mediada por espacios de descanso, movimiento y trabajo autónomo, el trabajo en equipo a distancia, su organización de rutinas y horarios para cumplir sus responsabilidades, su resiliencia al estrés, su alimentación adecuada y sueño cómodo al menos 8 horas en la noche, su comunicación cordial durante el día, etc. todos ellos serán indicadores de que está pudiendo lidiar adecuadamente con la educación a distancia y el aislamiento social, que son aprendizajes que les serán relevantes para toda su vida.

De modo que seguir pensando que la clase virtual a distancia debe ser un equivalente a la clase presencial pero realizada desde casa, ya que solo así se garantiza que los alumnos aprendan lo que deben aprender en el respectivo grado, resulta una visión bastante poco sólida desde el punto de vista de lo que aporta la neurociencia, pedagogía y psicología al entendimiento del aprendizaje de los niños y jóvenes durante su vida escolar.




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