Conoce la historia de 2 jóvenes que crecieron en albergues y ahora se encaminan a ser profesionales
¤ 24/12/2017 ¤ andina.com.pe ¤ 0 comentarios
Dos mujeres jóvenes tienen historias en común y pasarán juntas la Navidad. La Navidad es una celebración de la niñez y de las familias, pero existen menores que debieron ser separados de sus padres y hermanos y enviados a un albergue por estar expuestos a situaciones que amenazaban su integridad. Ese es el caso de Karen y Nataly, quienes ahora tienen una nueva familia y con ella pasarán la Nochebuena.
Karen Choque Pozo (20) ingresó a los 12 años al Hogar Santo Domingo Sabio, en Tacna. Ella y sus hermanitos quedaron en abandono moral cuando sus padres se separaron. Su madre se fue con su nueva pareja y el padre quedó devastado por la situación. Cinco años después la enviaron a otro albergue, al Centro de Atención Residencial San Miguel Arcángel, en Lima.
En plena pubertad vivió la desestructuración familiar con rebeldía. No entendía lo que había ocurrido entre sus progenitores ni por qué de pronto se interrumpía la armonía que existía entre ellos.
Lo recuerda todavía. Y con cierto brillo en los ojos, rememora que todo empezó a desequilibrarse a su alrededor, a caerse, y se dio cuenta de que la única forma de sobrevivir en el nuevo hogar, que no era el suyo, era inventándose una nueva familia.
“Aprendí a cubrir mis afectos y a elegir a mis hermanas, que eran otras niñas como yo que vivían en el hogar. Aprendí a compensar mi necesidad de cariño y ternura, a vivir sin mi mamá y mi papá”.
Nataly Gonzales Bellido, también de 20 años, creció en el Hogar San Antonio del Callao. Llegó allí cuando tenía apenas dos años. Recuerda a niños y niñas con discapacidad que compartían ese lugar. Le gustaba jugar con ellos y atenderlos. Tenía siete años cuando los buscaba para abrazarlos y aliviar su llanto.
Como Karen, también fue trasladada a otro hogar al llegar a la pubertad. A los nueve años llegó a San Ricardo, en Ate-Vitarte, y vivió allí hasta los 18 años. No tiene más memoria que la de sus años en ambos albergues. Recuerda a las profesoras, las Navidades junto a ellas y las risas compartidas.
No añoraba una familia porque sentía que la tenía. Sofía, su hermana mayor por dos años, vivió como ella en albergues.
“Nos extrañábamos. Por eso es importante en mi vida. Pero a veces siento necesidad de estar al lado de mi mamá y mi hermana Julia, la mayor de todas”.
Modelo de familia
Todo ya pasó. Karen y Nataly son jóvenes encaminadas a convertirse en profesionales y construir su vida sin resentimiento ni odio. Como ocurre con muchas personas, las experiencias difíciles vividas en la niñez y adolescencia dejan huella.
Karen reconoce que, a pesar del abandono de su madre y la depresión que todavía marca la vida de su padre, ambos lograron sembrar en ella amor, respeto y verdad, valores que inspiran su vida y que tal vez le dieron el sostén necesario para enfrentar las vicisitudes de la orfandad.
“Quiero ser psicóloga. Estudio el cuarto ciclo de esa carrera en la Universidad César Vallejo. Me interesa ayudar a niños y niñas que viven en los albergues. Por lo que yo he vivido podré ayudarlos mejor, dedicarme a cada uno, porque eso es lo que se necesita”.
Nataly, en cambio, siente que su hermana Sofía es su principal referente maternal, pues siempre la protegió, incluso en estos días en los que el acercamiento con su madre no ha sido bueno, ni tampoco con Julia, su hermana mayor.
“Mi mamá me trata con frialdad, siento que me aleja, y mi hermana Julia se acerca a mí con interés para que la ayude económicamente, pues es madre de seis hijos”.
Nataly estudia para ser técnica en el Instituto Superior Daniel A. Carrión. Quiere empezar a trabajar para financiar sus estudios y posteriormente especializarse en educación especial. El desamparo de aquellos menores que conoció durante su infancia es hoy una de sus principales motivaciones.
La nueva familia
Claudia León Vergara, directora de Buckner, sostiene que apoyarlas es vital. Su institución ofrece acompañamiento a jóvenes que cumplen la mayoría de edad en un Centro de Atención Residencial (CAR) y que no cuentan con soporte familiar ni con los recursos personales y económicos necesarios para convertirse en profesionales.
“Un equipo de profesionales ofrece apoyo especializado, sobre todo psicológico, pues las jóvenes que llegan a nuestro residentado vivieron situaciones muy difíciles antes de vivir en un albergue y también durante su internamiento. Por eso su recuperación socioemocional es muy importante para que alcancen su desarrollo pleno, tanto personal como profesional”.
Karen y Nataly ya tienen proyectos personales. Han encontrado en la institución que hoy las alberga un espacio de acompañamiento y afecto. Entre ambas ha crecido un fuerte vínculo de solidaridad porque comparten experiencias similares y entienden el valor de la protección, el respeto y las oportunidades.
Esta Navidad la pasarán juntas, mirando el futuro con esperanza y construyendo el camino hacia las metas profesionales que se han propuesto alcanzar.
EDUCACIONENRED.PE
“Aprendí a cubrir mis afectos”
Karen Choque Pozo (20) ingresó a los 12 años al Hogar Santo Domingo Sabio, en Tacna. Ella y sus hermanitos quedaron en abandono moral cuando sus padres se separaron. Su madre se fue con su nueva pareja y el padre quedó devastado por la situación. Cinco años después la enviaron a otro albergue, al Centro de Atención Residencial San Miguel Arcángel, en Lima.
En plena pubertad vivió la desestructuración familiar con rebeldía. No entendía lo que había ocurrido entre sus progenitores ni por qué de pronto se interrumpía la armonía que existía entre ellos.
Lo recuerda todavía. Y con cierto brillo en los ojos, rememora que todo empezó a desequilibrarse a su alrededor, a caerse, y se dio cuenta de que la única forma de sobrevivir en el nuevo hogar, que no era el suyo, era inventándose una nueva familia.
“Aprendí a cubrir mis afectos y a elegir a mis hermanas, que eran otras niñas como yo que vivían en el hogar. Aprendí a compensar mi necesidad de cariño y ternura, a vivir sin mi mamá y mi papá”.
“A veces siento la necesidad de estar con mi madre”
Nataly Gonzales Bellido, también de 20 años, creció en el Hogar San Antonio del Callao. Llegó allí cuando tenía apenas dos años. Recuerda a niños y niñas con discapacidad que compartían ese lugar. Le gustaba jugar con ellos y atenderlos. Tenía siete años cuando los buscaba para abrazarlos y aliviar su llanto.
Como Karen, también fue trasladada a otro hogar al llegar a la pubertad. A los nueve años llegó a San Ricardo, en Ate-Vitarte, y vivió allí hasta los 18 años. No tiene más memoria que la de sus años en ambos albergues. Recuerda a las profesoras, las Navidades junto a ellas y las risas compartidas.
No añoraba una familia porque sentía que la tenía. Sofía, su hermana mayor por dos años, vivió como ella en albergues.
“Nos extrañábamos. Por eso es importante en mi vida. Pero a veces siento necesidad de estar al lado de mi mamá y mi hermana Julia, la mayor de todas”.
Modelo de familia
Todo ya pasó. Karen y Nataly son jóvenes encaminadas a convertirse en profesionales y construir su vida sin resentimiento ni odio. Como ocurre con muchas personas, las experiencias difíciles vividas en la niñez y adolescencia dejan huella.
Karen reconoce que, a pesar del abandono de su madre y la depresión que todavía marca la vida de su padre, ambos lograron sembrar en ella amor, respeto y verdad, valores que inspiran su vida y que tal vez le dieron el sostén necesario para enfrentar las vicisitudes de la orfandad.
“Quiero ser psicóloga. Estudio el cuarto ciclo de esa carrera en la Universidad César Vallejo. Me interesa ayudar a niños y niñas que viven en los albergues. Por lo que yo he vivido podré ayudarlos mejor, dedicarme a cada uno, porque eso es lo que se necesita”.
Nataly, en cambio, siente que su hermana Sofía es su principal referente maternal, pues siempre la protegió, incluso en estos días en los que el acercamiento con su madre no ha sido bueno, ni tampoco con Julia, su hermana mayor.
“Mi mamá me trata con frialdad, siento que me aleja, y mi hermana Julia se acerca a mí con interés para que la ayude económicamente, pues es madre de seis hijos”.
Nataly estudia para ser técnica en el Instituto Superior Daniel A. Carrión. Quiere empezar a trabajar para financiar sus estudios y posteriormente especializarse en educación especial. El desamparo de aquellos menores que conoció durante su infancia es hoy una de sus principales motivaciones.
La nueva familia
Claudia León Vergara, directora de Buckner, sostiene que apoyarlas es vital. Su institución ofrece acompañamiento a jóvenes que cumplen la mayoría de edad en un Centro de Atención Residencial (CAR) y que no cuentan con soporte familiar ni con los recursos personales y económicos necesarios para convertirse en profesionales.
“Un equipo de profesionales ofrece apoyo especializado, sobre todo psicológico, pues las jóvenes que llegan a nuestro residentado vivieron situaciones muy difíciles antes de vivir en un albergue y también durante su internamiento. Por eso su recuperación socioemocional es muy importante para que alcancen su desarrollo pleno, tanto personal como profesional”.
Karen y Nataly ya tienen proyectos personales. Han encontrado en la institución que hoy las alberga un espacio de acompañamiento y afecto. Entre ambas ha crecido un fuerte vínculo de solidaridad porque comparten experiencias similares y entienden el valor de la protección, el respeto y las oportunidades.
Esta Navidad la pasarán juntas, mirando el futuro con esperanza y construyendo el camino hacia las metas profesionales que se han propuesto alcanzar.
EDUCACIONENRED.PE
NOTA RELACIONADA:
0 Comentarios
IMPORTANTE: Los comentarios aquí publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de las sanciones legales que correspondan. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar.






