Director de Fe y Alegría: «Queda mucho por hacer»



Director de Fe y Alegría: «Queda mucho por hacer»

¿Cuánto tiempo lleva en el Perú?
Desde 1958. Llegué a Lima cuando estaba en primer año de noviciado. Estudié letras en Miraflores y luego regresé a España para estudiar Filosofía y me puse en contacto con la educación técnica, que en esa época, los años 60, estaba en auge en países como Bélgica y Alemania. En 1968, el padre Luis Bambarén, entonces director del colegio San Ignacio de Piura, me llamó para trabajar en un centro de formación técnica en esa ciudad, que entonces era la zona más industrializada del agro y había gran demanda de técnicos en maquinaria agrícola.

¿Por qué elige el Perú?
Estudié la secundaria en Madrid y en el colegio conocí a varios sacerdotes españoles que trabajaban en el Perú, entre ellos al padre José María Guallart, un gran geógrafo y geólogo que pasó casi toda su vida con los aguarunas, en la zona nororiental del Marañón. Él me había preparado para la Primera Comunión. Era un hombre entregado a un ideal, con gran sentido del humor, cercano y cariñoso, sabio e incansable investigador, con una fe sólida. A mí me gustó su trabajo y quise seguir su camino.

¿Qué edad tenía?
Solo 19 años, era un muchachito (risas)...

¿Era un reto para usted?
Un reto definitivo porque el Perú entonces estaba mucho más lejos que ahora. Viajamos 22 días en un barco de inmigrantes italianos. Era mi primer viaje largo... Ser jesuita, venir al Perú y trabajar en educación fue una decisión de vida de la que no me arrepiento. Por el contrario, sé que acerté.

¿Qué descubrió en el Perú?
Descubrimos todo. Se estaba formando una Latinoamérica nueva, que pasaba del campo a la ciudad, de una sociedad eminentemente rural y arcaica, a ciudades inmensas, con mucha pobreza, pero con un gran anhelo de su gente por salir adelante. Descubrí un mundo diferente, la diversidad cultural, racial y social.

¿Qué le costó aceptar más?
No estaba en situación de oponerme ni de echar de menos algo. Tuvimos la suerte de encontrar sacerdotes jesuitas que nos ilusionaron mucho con el arte y la cultura peruana, con la literatura social de Ciro Alegría... Para mí fue entrar en contacto con un mundo nuevo en ebullición y con un peso cultural fuertísimo que yo nunca había vivido. Sí me chocó mucho el modernismo de la Lima de 1972, la apertura de la Iglesia. Entonces el cardenal era Landazuri Ricketts.

¿Cómo entra en contacto con Fe y Alegría?
Eso ocurrió luego de 30 años de trabajo como jesuita y educador en Piura y en la selva. En Piura acompañamos la reforma educativa de los años 70 y convertimos el centro de formación técnica fundado con Luis Bambarén en el primer centro de calificación profesional extraordinaria del Perú (Cenecape). Pero en 1981, la Compañía de Jesús me envía a trabajar al centro creado por el padre Guallart de formación técnica, agraria y agropecuaria para los jóvenes aguarunas y huambisas, sin duda la mejor experiencia de mi vida, pues tuve contacto con una nueva cultura. Aprecio mucho lo que me enseñaron los huambisas y aguaruanas: una nueva visión, sincera y radical de la realidad, tan distinta de la urbana. Ellos son de carácter abierto, alegre, amistoso; pero bien bravos con el enemigo. Lo que no pude aprender fue su idioma porque cuando llegué allí tenía 41 años.

Y lo llaman a Fe y Alegría...
Los jesuitas somos así, estamos a disposición de las necesidades de la comunidad. Entre 1993 y 1998 estuve apoyando la organización de la educación técnica de Fe y Alegría, institución que comenzó a funcionar en 1966 y desde entonces hasta los años 80 tuvo como primer director a Antonio Bach. Luego vino Jesús Herrero. Los dos han hecho la historia de Fe y Alegría... pero sí me costó mucho dejar la selva y venir a una Lima más urbana.

¿Por qué?
Porque ha sido la vida más plena que he tenido. Vivíamos en una comunidad, no había luz, agua potable y viajábamos en bote. Tuve mucho trabajo con las comunidades porque necesitaban educación técnica y mecánica. Uno de los talleres que teníamos con los alumnos del centro era mantenimiento y reparación de motores de peque-peque. También hicimos topografía con los chicos de quinto de secundaria y estuve muy metido en el nacimiento de Santa María de Nieva, mi tierra querida. Entonces el encuentro entre la selva y la modernidad fue muy desproporcionado... El oleoducto se acababa de abrir y era más fácil llegar a Santa María. Antes se necesitaban tres días de viaje en bote.

¿Cómo así sabía arreglar motores?
Antes de ingresar a la Compañía de Jesús, me presenté a la universidad para ingeniería y durante mi formación preuniversitaria seguí cursos de mecánica de motores de aviación...

¿Cuál es su misión como director nacional de Fe y Alegría?
Es una tarea compleja. Lo primero es liderar el movimiento y es que Fe y Alegría no es posible si no se entiende que se trata de un montón de gente entusiasmada con ser maestros de verdad y que creen que la educación es lo más importante. Mi tarea es mantener vivo ese entusiasmo entre los 3.700 profesores que trabajan para Fe y Alegría y que los nuevos también lleguen a entusiasmarse por lo mismo.

¿Qué es lo más importante que se enseña y se aprende en los colegios de Fe y Alegría?
El valor de la persona y es que somos las personas los que hacemos los países y no al revés. Al ver cómo un niño de cinco años ingresa al colegio y llega al quinto de secundaria con capacidad de analizar, de hacer y se siente persona. El privilegio que tenemos los maestros es el de acompañar el crecimiento de personas.

Eso explica la vigencia de Fe y Alegría...
Para que esto funcione hay dos pilares importantes. Uno es la relación con el Ministerio de Educación, pues se trata de educación pública y quien la financia es el erario público; nosotros no tendríamos posibilidad de hacerlo. Esto significa mucho dinero en salarios de profesores, pero también implica que el sistema administrativo funcione y eso no es fácil. Muchas veces tenemos una relación de tira y afloja, porque el administrativo quiere administrar y nosotros no queremos quedarnos en lo administrativo. El otro pilar es la gestión propia de Fe y Alegría, que da prioridad al contacto con los directores de los colegios, el apoyo, supervisión, evaluación, rediseño. En esto hay que tener objetivos claros para que funcione bien. Si lo que busco es la transformación de la sociedad y el crecimiento de las persona, tengo que formar más a la gente y preocuparme de que las estructuras funcionen. Eso significa mucho acompañamiento y dedicación.

¿Hay que ser también muy diplomático?
Tienes que serlo. Al sistema de gestión en Fe y Alegría lo llamamos autonomía funcional. Para nosotros significa una suma de voluntades y la auto realización en el trabajo de todos. No es fácil pero se consigue.

¿Esa suma de voluntades también es importante para financiar los programas de Fe y Alegría?
El sistema de Fe y Alegría está abierto a la realización no solo de quienes están dentro o trabajan directamente con los colegios de la institución, sino también para quienes, sin estarlo, creen en lo mismo que nosotros. Y eso moviliza a la gente para ayudarnos. Todos ellos creen que la educación es el camino para el cambio social y que atender el derecho a la educación de los niños es algo esencial para la sociedad. Por eso, cuando se levanta la bandera de la educación pública, de la calidad educativa, hay muchos que quieren apoyar.

¿La crisis económica afecta la solidaridad?
Quizá la situación de crisis moviliza más. La gente sigue apoyando a Fe y Alegría porque sigue pensando que la mejor manera de salir de la crisis es teniendo una educación de calidad y que la peor crisis que podemos tener es la educativa. El ingreso de capitales al país también ha fomentado la responsabilidad social de las empresas. Y por eso tenemos apoyo. A pesar de la crisis, en estos últimos años no ha disminuido la captación de fondos a través de las campañas escolares y la rifa anual.

¿Ahora están en plena campaña?
Así es. Con lo que obtengamos daremos mantenimiento a los colegios de Fe y Alegría. La gente nos sigue apoyando. También las empresas, a través de la responsabilidad social. Gracias a ello, el año pasado construimos tres colegios en Pisco e Ica y reparamos otro en Chincha.

¿Cuál es el futuro de Fe y Alegría?
El ideal es que desaparezcamos, pues el día que funcione la educación pública no seremos necesarios. Pero la crisis de la educación pública no solo es de calidad, sino también de capacidad. Es decir, nos queda mucho por hacer. Fe y Alegría tiene que crecer, de lo contrario, muere. Para eso hay que reestructurar a Fe y Alegría del Perú.

¿Qué cambios se vienen?
Hace falta regionalizar Fe y Alegría, como lo está casi en todos los países donde está presente el movimiento. Por eso hemos comenzado a fomentar que colegios de Piura, Sullana y Chiclayo se relacionen entre sí y resuelvan sus problemas con las autoridades regionales de Educación con el objetivo de que surjan nuevos núcleos. También peleamos desde hace cinco años crecer en educación técnica superior porque nos damos cuenta que bloquear la educación pública en el quinto de secundaria es frustrar a muchos jóvenes. En el momento de crecimiento como el que estamos, necesitamos técnicos y los jóvenes necesitan trabajo. Hemos abierto cuatro institutos superiores y hay otros dos que entrarán en funcionamiento en Lima y hemos comenzado otro en Pampa Cangallo, sobre las cenizas que dejó Sendero Luminoso de la cooperación suiza. En la zona hay buena ganadería y reestructuraremos la explotación láctea para el 2011.

PERFIL
Juan Enrique Cuquerella Cayuela (Valencia, España, 5 de junio de 1940) curso estudios clásicos en la escuela jesuita, hoy Universidad Antonio Ruiz de Montoya de Lima, Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, Teología en la Universidad de Comilla (España) y Educación en la Escuela Normal Miguel Grau de Piura. Allí se ordenó sacerdote en 1971.

Ha servido en diversos colegios jesuitas, como San Ignacio de Loyola y el Instituto Mecánico Agrícola de Piura. Desde 1998 es director nacional de Fe y Alegría. Para apoyar a esta institución llame al 471-3428.





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